31 ago 2015

CUENTO: "Qoñoq Qocha” (Laguna tibia)


Por Félix Rodri
Aquella noche la ajena y lejana luna se extravió detrás de las densas nubes oscuras mientras el viento vespertino jugueteaba cómplice de la helada nocturnidad, los gruesos ladridos incesantes del viejo “Tarzán” me despertaron de repente de entre sueños; de momento pensé que tal vez Don Tomás llegaba a esa hora, pero el viejo can no daría tan extraños ladridos, nunca lo había oído ladrar así tan desesperadamente. Asomé la cabeza por la puerta de la pequeña chuklla (choza) hacia afuera; todo estaba en la más completa penumbra, aunque de repente un extraño presentimiento me empujó a divisar colina abajo donde estaban las chukllas (chozas) grandes, la cocina, el dormitorio principal y el gran depósito de las boñigas (bostas de vaca), pero tampoco pude ver nada. Entonces caminé unos pasos con la intención de saltar el cerco de pircas que estaba  delante de mí; fue en ese instante cuando oí:
-          ¡Agarra los más grandes no más pues cojudo…!  -
Al voltear para ver de quien era esa voz extraña y casi silenciosa, solo atine a ver una sombra negra aproximándose a donde yo estaba, tuve un pequeño lapso de tiempo para agazaparme entra las pircas.
-          ¡Aquí no hay nadie…! ¡Seguro ya escapó carajo…! ¡Apurado pues…! –
Exclamó la casi susurrante voz de aquella silueta oscura tras revisar la pequeña choza donde yo dormía.
Conté seis caballos ensillados que pasaron por mi izquierda guiados por un solo jinete, pero una repentina estampida de los ganados me hizo voltear a la derecha, mientras oí a “Tarzán” dar un aullido lastimero y luego calló de pronto en un silencio seco. En la penumbra parecían aparecerse los mil demonios de mis peores pesadillas, oí agitarse, cuan galopes, a mi corazón infantil.
-          ¡Auxilio Sebastián…! ¡Ayúdame…!  -
 Escuché gritar a la Sabina, abajo, en las chozas grandes, mientras la respiración se me dificultaba. Algunas ovejas saltaron el cerco de pircas y pasaron espantadas por donde estaba, casi pisándome las manos. Tras unos segundos me incorporé, aunque me temblaban las piernas, salté la pirca y al saltar tropecé. Al incorporarme vi, con espanto, una de esas sombras que se acercaba a donde yo estaba, pero no le di tiempo y corrí, y corría sin detenerme con dirección al norte donde, a lo lejos, se notaba el opaco reflejo de la gran laguna a la que llaman “Qoñoq Qocha” (Laguna tibia). Mientras sentía pasar las ráfagas de piedras silbando por mis costados, expulsados por las warakas (ondas) de esos extraños y oscuros jinetes que, al parecer, también corrían detrás de mí.
Las chukllas andinas están hechas de paredes de piedra y techos de ichu.
Al llegar colina arriba tomé la carretera que lleva a una mina que hay al pie de los nevados, con dirección a la autopista que lleva al pueblo. Tras una larga y agotadora carrera sin detenerme, me detuve un instante y volví a ver atrás; en medio de ese sepulcral silencio, entre los ichus, la laguna y los nevados, solo me parecía seguir escuchando la voz de la Sabina gritando una y otra vez - ¡Auxilio, auxilio…! -. Continué corriendo casi hasta llegar a las casitas de tapial y tejas del pequeño poblado que siempre, a lo lejos veía. Al notar que ya no me quedaban fuerzas y ya me flaqueaban las piernas, solo me quedó por gritar:
-          ¡Auxilio…! ¡Auxilio…! –
Se me habían agotado todas las fuerzas en esa loca carrera, tenía la garganta seca y los pies temblando. Veía aquí y allá, tan solo descubría oscuridad.
Minutos más tarde sentí gran alivio al observar, a no muy lejos de mí, las luces de un camión, -debe ser uno de esos camiones que van a la mina- pensé. Se fue acercando más, con una inusual velocidad que me asustó más de lo que ya estaba.
Al aproximarse más noté que era el camión de los militares que acampaban en ese pequeño pueblito que siempre a lo lejos veía.
-          ¡Sebastián! ¿Eres tú…? ¿Pero qué te ha pasado?  -
Preguntó desconcertado el conductor, a quien pude distinguir recién al acercarme hacia la ventanilla de la gaceta.
-          ¡Señor alférez…! Es que están robando unos abigeos en mí manada…  -
-          ¡Bien…! Alférez Ramírez, usted se queda ya, aquí con el muchacho.  –
Exclamó una voz en el interior de la gaceta.
-          ¡Si mi Sargento…!  -
Respondió el conductor e inmediatamente bajó de la gaceta.
Minutos después observe al camión seguir su rumbo carretera abajo mientras el Alférez Ramírez me preguntaba  cómo había sucedido todo, yo le iba explicando detalle por detalle, con mi voz aún entrecortada e intentando recuperarme del cansancio y del gran susto, pero él parecía no prestarle mucha atención a mi relato, más bien se mostraba inquieto, con los ojos bien abiertos y las pisadas bien firmes, apuntando con su FAL a cada sombra que se asomaba.
-          ¿Tú sabes que en Ayacucho yo maté a tres terrucos? -
-          No, no sabía…  -
Respondo mientras caminamos colina abajo.
-          ¡Si…! Y estos choros de mierda no me asustan.  –
En  cada paso que daba él hacía un ruido impertinente con esas botas toscas de militar, su fusil brillaba, aun en la penumbra, al igual que sus ojos. Su baja estatura no era impedimento para cargar con la inusual valentía que mostraba. Unos pasos más adelante hizo un ademan y nos quedamos quietos, entonces escuchamos unos disparos de fusil allá abajo en la gran pampa.
-          ¡Es por aquí… ¡  -
Le escuché susurrar mientras se asomaba colina abajo donde destacaba el opaco brillo de las aguas de esa gran laguna.
-          Señor Alférez, la manada está más allá todavía…   -
-          ¡Sí; ya se…! Pero los choros vienen por aquí…  -
Me responde y parecía estar muy seguro de lo que decía. Se sentó en el suelo y después de unos instantes de estar divinizando en la oscuridad se puso de pie y exclamó:
-          ¡Allá van carajo…! ¡Corre Sebastián, corre detrás de mí…! -
Sin tiempo a expresar pregunta alguna me puse a correr tras él; resbalando en las pendientes  colina abajo, saltando como pueda, para que mis pasos sean más angostos. En el trayecto di un par de tropezones, me incorporé y al fin logré alcanzar la gran pampa.
Busqué al Alférez Ramírez que iba delante de mí y al fin  logré notar el brillo de su fusil a unos cincuenta metros hacia el este de donde estaba.
-          ¡Tírate al suelo huevón…! –
Le oí susurrar mientras se agazapaba entre los ichus; yo hice lo mismo al notar, a no muy lejana distancia, a una turba de jinetes ferozmente cabalgando con dirección a donde estábamos; pensé que pasarían por encima de nosotros pero grande fue mi sorpresa al escuchar de repente la gruesa voz  del menudo alférez mientras como un rayo iluminó la quietud nocturnal la luz de unos potentes disparos que ensordecieron mis oídos:
-          ¡Alto carajo…! ¡O aquí mismo los lleno de plomo…! -
Aturdidos los jinetes sujetaron las riendas de sus caballos mientras estos relinchaban, una y otra vez,  por el susto.
-          ¡Alférez Ramírez…!  -
Gritó una voz a lo lejos en la oscuridad, detrás de los jinetes.
-          ¡¿Si, diga mi sargento…?!  -
Respondió el alférez mientras apuntaba su fusil hacia los jinetes. Luego me miró fijamente y me dijo:
-          ¡Anda a ver a la Sabina! Anda ve si está bien…   -
-          ¡Si…! ¡Si señor! –
Sigilosamente y aun temeroso pasé por un costado de los jinetes y observe que traían puestas unos pasamontañas oscuras. Tenían casi todo el cuerpo cubierto con unos ponchos largos y guantes oscuros en las manos; seguro para sujetar bien las riendas.
Mientras voy camino con dirección a la manada los demás militares llegaron y los obligaron a bajarse de sus caballos; los maniataron y se los llevaron colina arriba, con dirección a la carretera donde esperaba el camión con la luz prendida. Mientras me alejaba de ellos, miré una y otra vez hacia atrás; tiempo más tarde vi que el camión partía hacia el campamento militar.


Al llegar a la manada noté que todo estaba en el más absoluto silencio; las vacas rumeaban imperturbables como si nada hubiera pasado aquí; más allá me tropecé con unas ovejas que habían escapado de su corral. Al llegar a la puerta principal de la Chuklla (choza) grande, me apresuré en ingresar, pasé por el corredor e ingresé a la cocina y a los dormitorios, entonces noté que la habitación de la Sabina estaba cerrada.
-          ¿Sabina…? -
Toqué la puerta de madera una y otra vez.
-          ¡Sabina, soy yo…!  -
Entonces escuche los ruidos que hacían unas pesadas tablas adentro tras la puerta.
-          ¿Ya se han ido ya…? –
Preguntó palidecida ella apenas abrió la puerta.
-          Sí, ya se han ido ya... ¿Tu estas bien? –
-          Si…  -
-          ¿No te han hecho nada? –
-          ¡No! Yo estaba encerrada aquí; tocaron la puerta pero no han entrado.  –
-          ¿Pusiste esas tablas detrás de la puerta? –
-          ¡Aja…!  -
-          ¿Y los militares llegaron aquí?  -
-          Si pues; pero se fueron después todos.  –
-          ¡Es Tarzán! ¿Qué le han hecho?  -
Exclamo al descubrir acurrucado al pie de la tarima al viejo can; el pobre animal estaba sangrando de una herida que tenía en la cabeza.
-          Parece que le han dado una pedrada en la cabeza. –
Exclama la dulce Sabina con preocupación.
-          ¡Pobrecito…! ¿Pero se curara? –
Pregunto.
-     Si seguro; ya lo he estado curando… los milicos me lo trajeron y me han dado este remedio para curarlo. –
Me muestra un extraño ungüento que en la tapa tiene palabras en otro idioma. Luego nos sentamos al lado del viejo Tarzán mientras la luz tenue del mechero nos ilumina. Sabina trata de dormir pero no lo consigue, mientras yo la observo y recorro con los ojos las líneas que dibujan sus labios, sus ojos a medio dormir y sus hermosas cejas pobladas. La madrugada ya se anuncia y los silvestres pajarillos cantores inician sus cantares rutinarios posados en los techos de icho de nuestras chukllas (chozas).
A la mañana siguiente llegaron algunos vecinos de las manadas que hay en las colinas de enfrente  preocupados por lo que habían oído anoche. Tuvimos que contar, una y otra vez, esta historia.
Félix Rodríguez
En este relato el autor usó algunos personajes y hechos reales y ficticios, acontecidos a principios de los años 90’, cuya trama colocó en un escenario real; más exactamente en Lampas Pampa en cuya planicie destaca la gran laguna de Conococha, de donde nace el mítico Río Santa que riega todo el Callejón de Huaylas, en Ancash.
En la imagen la extensa Lampas pampa y la laguna Conococha.
Todos los derechos están reservados.

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